Corea del Norte es una paradoja viviente: el país más aislado del mundo y, a la vez, una potencia en el ciberespacio. Bajo la ideología Juche y la dinastía Kim, el régimen ha sobrevivido a décadas de sanciones y a su expulsión del sistema bancario SWIFT. Ante esta asfixia económica, Corea del Norte encontró un refugio donde las fronteras no existen y el tamaño geográfico no importa: el mundo digital.
Lazarus ya no solo busca el sabotaje político, se ha convertido en una maquinaria perfecta de espionaje y robo de capitales. En un país donde Internet está prohibido para el pueblo, el régimen ha transformado el ciberespacio en su principal arma de supervivencia y en un campo de batalla global donde operan sin dejar rastro.
El primer ataque masivo fue a los estudios de cine "Sony" en Estados Unidos, por promocionar la película "The Interview", una comedia basada en la vida norcoreana y de sus líderes supremos. El ataque tenía como fin la censura política y demostraron que podían doblegar a una multinacional estadounidense desde el otro lado del mundo.
En 2017, Lazarus lanzó WannaCry, un ransomware global que infectó a más de 100 países, paralizando infraestructuras críticas como hospitales y grandes corporaciones. El ataque fue detenido casi por accidente por Marcus Hutchins, quien logró desestabilizar el avance del virus al registrar un dominio que funcionaba como un kill-switch integrado en el código norcoreano.
Tras este caos global, el grupo evolucionó su estrategia hacia el ecosistema cripto. Mediante el ataque a bridges y plataformas como Bybit, consiguieron sustraer la cifra récord de 1.500 millones de dólares, consolidándose como los grandes saqueadores del mundo digital.
Para las agencias de inteligencia, no hay duda: Lazarus no es un grupo criminal común, sino un programa de Estado con tiempo, recursos ilimitados y una motivación clara: convertir el hacking en la mayor fuente de ingresos de una dictadura.


