En el complejo ecosistema de las telecomunicaciones, la capacidad de anular una señal inalámbrica se basa en un principio físico tan antiguo como el sonido: la saturación.
Un inhibidor de frecuencias, no elimina las ondas en el aire, sino que un emisor de ruido inunda los receptores, impidiéndoles distinguir la información útil del caos electromagnético.
Para anular un señal, no hace falta un inhibidor igual de potente. Debido a la ley del inverso del cuadrado, la señal de la emisora llega al receptor muy atenuada tras recorrer grandes distancias. Por ello, un pequeño emisor local de apenas unos vatios puede generar una señal mucho más fuerte en el punto de recepción, "pisando" la emisión oficial por pura proximidad.
Las tecnologías modernas han sido diseñadas para sobrevivir en entornos hostiles. El Bluetooth, por ejemplo, utiliza el Salto de Frecuencia (FHSS), una técnica donde la señal pasa por 79 canales diferentes en unas 1.600 veces por segundo. Para anularlo, se necesita un inhibidor de barrido que sature toda la banda de 2,4 GHz simultáneamente.
En España, la Ley General de Telecomunicaciones es sumamente estricta. El uso, la posesión e incluso la publicidad de inhibidores de frecuencia están estrictamente prohibidos para particulares.



